Archivo para Drogas

Día Internacional por la Legalización del Cannabis.

Yamal. “Es Yamal”

Para tí primote!

Te imaginas la vida de otra manera, al estilo banderas
Con grandes metas, repletas carteras y panes de oro en la cena
Recuerdo, que casi me pierdo por meter la pernera
Y veo a mi madre gritando como una fiera:
“yamal subete ya, que la calle no da ná
Que el trabajo a destajo de paleta pa tirar”
Y aunque quiera, la vida no espera
Y si tu vas lento, lo siento, de veras
Te quedas sin tiempo para soñar
Y sin querer estar, pisaba el barro
Seguro que algunos cabrones tiempo atrás se repartieron el tarro
Y lo dejaron muy claro:
Jodido niño de barrio…
Miralo, como no? allí estaba yo
Aprendiendo a no tener razón
Rodeado de muertos vivientes,
Que lloran porque ahora sienten y venden
Hasta su madre por un trozo de evasión
Y van diciendo: dame algo, tio, no?
Como no vi el engaño?
Como pudieron esconder detras de tan pequeño paño
Mentiras de tan tamaño, tio
Pues a ritmo de leño, cada año, como ciego rebaño
Nos llevan a beber del caño, tio
Me niego a que sean los dueños de este chico sureño
Que sigue buscando la perfección en el diseño
Pues a convertir la prosa en rima, desde muy pequeño sueño
Y ahora mi empeño a mover montañas a mahoma de mentira el seño.

Es yamal, para bien o para mal
Dios me dio este don, estilo para gastar, tio
Es yamal, pero el camino hay que sudar
Que de la calle al cielo hay mucho que andar, tio
Es yamal, o que te crees? que la vida la regalan
Ya nada se gana con fe, chaval
Es yamal, ya no es tiempo para soñar
Quizás es tiempo, tio, para luchar.

Y es que cuando somos jovenes todos queremos cabalgar el rayo
Y dar la sensación de ser el subidón ese que da el caballo
Y llegar muy lejos, antes de ser viejo
Conseguirlo, tio, en el primer ensayo, sin fallo
Que quise ser el árbol, ja, y me quedé en el tallo
Y a mayo llegué, y me quede en la cola del paro
Esperando sallo, y le dan el callo
Ese que en la frente marca tu grito y en la espalda hasta el desmayo
Deja que suene, que suene, que truene las voces
Y que el cielo llene, quien llene de amor almacenes
Quienes, que coman piedad, que bondad den
Que de mi, ya perdón, tio, no esperen, que esperen
Venganza de quienes nos timan no vienen
Si lo primero, saber que eres hijo de mujeres como yo
Que dioses se estrella la tierra solo burdeles
Mejoraré mi perfección hasta que me supere.

Es yamal, para bien o para mal
Dios me dio este don, estilo para gastar, tio
Es yamal, pero el camino hay que sudar
Que de la calle al cielo hay mucho que andar, tio
Es yamal, o que te crees? que la vida la regalan
Ya nada se gana con fe, chaval
Es yamal, ya no es tiempo para soñar
Quizás es tiempo, tio, para luchar.

Despierta ya yamal, si quieres saber
Despierta ya yamal, que puedes hacer?
Que el marcal que ahora te dan
Seguro que más tarde tendras que pagar
Como no lo vi llegar
Existen mil razones, para insistir
Dios no me perdone, si yo no lo vi
Que me jode que el que mande se ponga delante
Pues no soy más grande porque no tengo millones
Lo importante es lo que queda por vivir
Que de aquí en adelante yo seguiré contigo o sin ti
Que ganaré y perderé mil veces, la fe en el hombre
Y al morir la gente tendrá muy claro cual es mi nombre.

Es yamal, para bien o para mal
Dios me dio este don, estilo para gastar, tio
Es yamal, pero el camino hay que sudar
Que de la calle al cielo hay mucho que andar, tio
Es yamal, o que te crees? que la vida la regalan
Ya nada se gana con fe, chaval
Es yamal, ya no es tiempo para soñar
Quizás es tiempo, tio, para luchar (x2)

Yamal

Sobre ebriedad

drogas

Artículo de Antonio Escohotado.

El prohibicionismo en materia de drogas es -cada vez más- un remedio que agrava el mal en lugar de evitarlo; su vigencia sostiene imperios criminales, corrupción, envenenamiento con sucedáneos y meros venenos, hipocresía, marginación, falsa conciencia, suspensión de las garantías inherentes a un Estado de derecho, histeria de masas, sistemática desinformación y -cómo no- un mercado negro en perpetuo crecimiento. Los millones de personas que mueren o son encarceladas, chantajeadas y expropiadas cada año en el mundo y los muchos millones más expuestos cada día a semejante suerte no son un argumento pequeño; súmese a ello la atrocidad de que mueran o yazcan retorcidos por dolores perfectamente remediables un número todavía superior de personas y tendremos un cuadro realista de la situación.

Pero el cambio de esa pesadilla, la ley vigente, no sólo promete evitar de inmediato muchas cosas indeseables como la sobredosis accidental o involuntaria-, sino promover algunas deseables, empezando por la moderación misma. Aunque parezca imposible un mundo sin drogas, hay quien piensa que seria lo idóneo; tiene demasiado cerca la ganda prohibicionista para observar que las sustancias psicoactivas no se inventaron para hundir al ser humano, esclavizándole y mutilando su dotación orgánica, sino para ayudarle a sobrellevar desafíos vitales, mejorando su autocontrol y en definitiva, su libertad y su dignidad personal.

La guerra a las drogas es una guerra a la euforia autoinducida y delata miedo al placer. El sufrimiento, tan común, coge a todos preparados y no suele exigir pedagogos; pero el placer -especialmente si se presume intenso- demanda una protección, que pedagogos oficiales se encargan de impartir por las buenas o por las malas, normalmente por las malas. Nada más oportuno entonces que recordar el concepto clásico de euforia así como la idea que otras culturas tuvieron y tienen de la ebriedad.

Hacia el siglo VI antes de Cristo, Hipócrates -creador de la medicina científica- recomendaba dormir sobre algo blando, embriagarse de cuando en cuando y entregarse al coito cuando se presente ocasión. Preconizaba opio para tratar la histeria y concebía la euforia (de eu-phoria: ánimo correcto) como algo terapéutico. Para él, como para Teofrasto y Galeno, las drogas no eran sustancias buenas o malas, sino espíritus neutros, oportunos o inoportunos atendiendo al individuo y la ocasión.

Durante la era pagana, el vino y las bebidas alcohólicas son las únicas drogas que sugieren degradación ética e indigna huida ante la realidad. Ecos del reproche se remontan al primer imperio egipcio, prosiguen en la vieja religión indoirania y llegan a la cuenca mediterránea como dilema: ¿Quiso Dioniso-Baco regalar a los mortales algo que enloquece o algo que ayuda a vivir?. Los usuarios de cualesquiera otras droga no interesan para nada al derecho ni a la moral y cometeríamos un error creyendo que eran escasos. En la Roma de Augusto y Tiberio, por ejemplo, había casi 900 tiendas dedicadas de modo exclusivo a vender opio, cuyo producto representaba el 15% de toda la recaudación fiscal y el opio era una mercancía estatalmente subvencionada, como la harina, para impedir especulaciones con su precio; sin embargo, no hay palabra en latín para opiómano, mientras se acercan a la docena las que nombran al alcohólico y ni un solo caso de adicto al opio aparece mencionado en los anales de la cultura grecorromana. Lo mismo debe decirse de quien usa marihuana, hachís, beleño, daturas, hongos visionarios y demás drogas antiguas.

Las raíces del mundo occidental coinciden con las de otras innumerables culturas en un concepto a la vez profundo y claro de la ebriedad -alcohólica o no-, que en definitiva apunta a un acto de júbilo y abandono, pues -como señalara Nietzsche- es el juego de la naturaleza con el hombre. Filón de Alejandría, padre de la corriente jónica vincula la palabra griega para ebriedad (methe) con el verbo methyeni, que significa soltar, permitir y define al ebrio como quien se adentra en liberación del alma. Platón, su maestro, no ignoraba que el ebrio puede caer en patosería, aturdimiento, avidez y fealdad, pero defendió vigorosamente el entusiasmo ebrio como antídoto para aligerar la tirantez del carácter y sus ropajes rutinarios, que suscita la interioridad original y aquella inocencia donde pueden aparecer a una nueva luz las cosas. Como resumiría mucho más tarde Montaigne, los paganos aconsejaban la ebriedad para relajar el alma.

De ahí que el ideal grecorromano no fuese la sobriedad, sino la sobria ebrietas, la ebriedad sobria que faculta para gozar el entusiasmo sin incurrir en necedades. El sobrio no debe ser confundido con el abstemio, porque el primero es racional con o sin drogas, mientras el segundo sólo lo es sin ellas; uno puede penetrar en los pliegues de la desnudez y el otro ha de rehuirlo para no avergonzarse ante los demás y ante su propia conciencia.

Esta constelación se derrumba al triunfar el cristianismo, que no sólo combate los cultos orgiásticos y extáticos de la religión pagana -apoyados casi siempre con drogas de tipo visionario- sino la propia medicina hipocráto-galénica, en nombre de remedios mejores como exvotos, santos óleos y agua bendita; el saber farmacelógico antiguo,será destruido y se perseguirá como crimen de lesa majestad la eutanasia, que hasta entonces había sido considerada un signo de excelencia ética. El uso médico, moral, sacramental y recreativo de drogas distintas del vino constituye apostasía, desprecio por la fe verdadera. Los dispersos restos del saber previo quedan al cuidado de curanderos y curanderas y la persecución de estos focos acabará suscitando una cruzada contra la brujería, que, por estructura y métodos, es un calco de la actual guerra a las drogas.

Para terminar les recuerdo que Europa recobró la farmacología científica -y libertad para hacer uso de ellas- cuando aparecieron las primeras fisuras graves en la monolítica unidad de la Iglesia y el Estado y que desde el siglo XVII hasta el actual concibió las drogas otra vez al modo pagano, confiando en ellas como buenos remedios cuando se usaban sensatamente y restaurando como orientación Ia sobria ebriedad. Les recuerdo que el afán prohibicionista, nacido en Estados Unidos y promovido por este país al ritmo en que iba alzándose al rango de superpotencia, es una iniciativa de misioneros y círculos puritanos, pensada expresatmente -en palabras del reverendo Wilbur S. Crafts, director del lnternational Reforin Bureau en tiempos de T. Roosevelt- para celebrar el segundo milenio de égida cristiana sobre el planeta.

La cruzada contra las drogas ha tenido y tiene el mismo efecto que la cruzada contra las brujas: exacerbar hasta extremos inauditos un supuesto mal, justificando el sádico exterminio y el expolio de innumerables personas, así como el enriquecimiento de inquisidores corruptos y un próspero mercado negro de lo prohibido, que en el siglo XVI era de ungüentos brujeriles y hoy es de heroína o cocaína. No quebrantaremos el círculo vicioso de la cruzada sin sustituir las pautas de barbarie oscurantista por un principio de ilustración. Las drogas son cosas que siempre estuvieron entre nosotros, que sigen estándolo y que van a continuar así. Dado el clima de alarmismo contraproducente, donde para los jóvenes usar lo ilícito es en parte rito de pasaje hacia la madurez y en parte coartada que sugiere declararse irresponsable, nuestra alternativa es excitar un consumo irracional de productos adulterados, o apoyar un uso informado de sustancias puras.

Demonizar las drogas sólo nos ha hecho más inermes, más crueles para con nuestros semejantes y más idiotas en sentido original, ya que idiotés nombra en griego clásico a quien delega indefinidamente en otros la gestión de aquello común y por tanto suyo. No ya nuestra salud sino la de nuestros hijos y nietos pende de que recobremos su empleo como reto ético y estético personal -atendiendo a la aventura de libertad y saber allí subyacente-, sin desoír su valor como lenitivo mejor o peor para partes difíciles del vivir y vidas amargas. A mi juicio, sólo así podrán renacer en este campo un sentido crítico y una mesura dignos de su nombre, que fueron regla antes del experimento prohibicionista.

http://www.escohotado.org/

Fenomenología de las drogas

farmacos

Artículo de Antonio Escohotado.

Fármacos de paz:

Los padecimientos tienen mil orígenes e intensidades. Pueden ser un leve dolor de cabeza constante y un cólico nefrítico agudo, cuando no la pérdida de alguien muy querido, un descontento consigo mismo, el trauma de sufrir una intervención quirúrgica o la premonición de una muerte próxima. Sería ridículo hacer frente a distintas fuentes e intensidades de padecimiento con los mismos recursos, y por eso los humanos han ido inventando remedios adaptados a cada condición.

La diferencia antes apuntada entre dolor y sufrimiento (duele más un martillazo en la yema de un dedo que su amputación de un hachazo, aunque cause incomparablemente menos sufrimiento) no significa tampoco que sean cosas unívocas o monolíticas. Si me está torturando una muela empleo un analgésico hasta acudir al dentista, y si él extrae la pieza en cuestión no emplea ese analgésico sino otro muy distinto, que se denomina analgésico local, pues el dolor que provoca la infección no es comparable al que provoca la extracción.

Para empezar, ciertos dolores y sufrimientos vienen de dentro, mientras otros vienen claramente de fuera; los hay crónicos y ocasionales, soportables con algo de entereza y absolutamente insoportables, morales y orgánicos, vergonzosos y dignos, previsibles e imprevisibles.

Las principales drogas descubiertas para hacer frente a estas pérdidas de paz caben genéricamente en la idea de narcótico -palabra griega que significa cosa capaz de adormecer y sedar-, pues mientras no podamos poner remedio a la causa del desasosiego, una solución que permite recobrar fuerzas es mantenerse adormecido o sedado. Sin embargo, hoy se llaman narcóticas muchas sustancias que no serían llamadas así por los antiguos griegos, y -cosa más sorprendente aún- se consideran narcóticas algunas sustancias que excitan e inducen viajes (como la cocaína y el cáñamo), porque el término ha pasado a ser una expresión legal y no farmacológica. Resulta así que son estupefacientes o narcóticas las drogas prohibidas, y no estupefacientes o narcóticas las autorizadas, con total independencia de sus efectos psicofísicos.

El campo de lo que un griego llamaría narcóticos se divide hoy en varios grupos, que fundamentalmente abarcan: 1) opio y opiáceos naturales o seminaturales; 2) sucedáneos sintéticos; 3) tranquilizantes mayores o neurolépticos; 4) tranquilizantes menores; 5) hipnóticos o somníferos; 6) grandes narcóticos o anestésicos generales; 7) bebidas alcohólicas.

Se trata de drogas con composiciones muy distintas, no ya al nivel de un grupo y otro, sino dentro de cada uno. Unas son derivados de plantas, otras de la urea, el alquitrán de hulla, el aceite pesado, diferentes destilaciones, etc. En realidad, no tienen nada en común sino aportar cierta medida de paz a un ánimo, y esto lo logran de modos y en grados enormemente distintos.

Pero lo que tienen en común basta para determinar algo innegable: todas las drogas apaciguadoras son adictivas. Por adictivo se entiende aquel fármaco que -administrado en dosis suficientes durante un periodo de tiempo lo bastante largo- induce un cambio metabólico, y si deja de usarse desencadena una serie de reacciones mensurables, llamadas síndrome abstinencial. Es del máximo interés tener presente que cada una de estas drogas requiere dosis distintas, durante periodos distintos, para alcanzar el nivel de acostumbramiento, y que el síndrome abstinencial en cada una resulta también muy distinto, tanto al nivel de síntomas como al de peligro para la vida o el equilibrio psíquico. Más adelante veremos hasta qué punto circulan infundios sobre los síndromes abstinenciales de diversas drogas.

Por ahora baste retener que el precio genérico de la paz es una posible reacción abstinencial a diferencia de lo que acontece con las drogas de viaje. Considerando que no hay el menor parentesco químico entre metadona y cloroformo, por ejemplo, o entre Valium y ginebra, la circunstancia de que cualquier fármaco con virtudes sedantes o apaciguadoras del desasosiego pueda crear síndromes abstinenciales es muy llamativa. Como dijo un novelista, la molécula que otorga analgesia -desaparición o alivio del dolor- parece idéntica a la que produce acostumbramiento.

Sin embargo, sería falso creer que la reacción de abstinencia es el pago de la analgesia en sí. El asunto resulta más complejo, y más simple al mismo tiempo. El uso irracional de cualquier fármaco desemboca en una insensibilidad a sus efectos eufóricos. Administrándose dosis crecientes, cada vez menos satisfactorias para conseguir cosa parecida a una dicha, el individuo llega a la patética condición de quien se intoxica progresivamente para conseguir una ebriedad cada vez más leve; en realidad, ya no se la administra para gozar, sino para no sentirse mal. Lo de menos entonces es el síndrome de abstinencia, pues incluso esa crisis es preferible a hacer frente a una cotidianeidad vaciada de sentido.

Pero sólo una cotidianeidad vaciada de sentido -o una información equivocada- explica que alguien llegue a hacer un uso irracional de cualquier fármaco.

http://www.escohotado.org